La experiencia que acabo de vivir, gracias a la oportunidad privilegiada que tuve —y que hoy tengo, ya como parte de este camino rojo, como danzante de la luna—, me permitió vivenciar el gran poder de la creación: la pertenencia innegable que, como seres humanos, tenemos con la madre tierra, con la naturaleza, con ese gran corazón que palpita y se mueve. Ese pulso se refleja en las olas del mar, en las corrientes del aire, en los ciclos de los días, en las nubes que se condensan en el agua que cae del cielo hacia la Tierra. De ella brota la vida que nos alimenta; crecemos con esa vida y, al morir, nos convertimos en esa misma Tierra y volvemos a ella para que el ciclo continúe.
Nuestros hermanos, los animales, son movidos por ese mismo pulso en formas distintas, en envases distintos, con la misma sabiduría de la Tierra. Incluso me atrevo a decir que con una sabiduría superior a la nuestra, la de los seres humanos, que hemos errado el camino al creer en un antropocentrismo que concentra en nosotros esa luz que sí, efectivamente, tenemos, pero que no es exclusivamente nuestra.
Durante años se dijo que esa luz era exclusiva del intelecto, de la mente. Históricamente, tras la Edad Media, el Renacimiento inaugura la etapa antropocentrista. Después vinieron la Ilustración, las corrientes alternativas al catolicismo, como el luteranismo, y todos esos caminos que empezaron a buscar a través del intelecto —y más tarde de la filosofía— entender la vida y la existencia. Valiosísimos todos los caminos; bendecimos a todos los maestros. Sin embargo, se olvidaron del espíritu. Se clavaron en la mente, en el comportamiento mental, en pensar que de las ideas surgía absolutamente todo.
Hoy vivimos en un mundo de ideas materializadas, ideas a las que nos aferramos buscando que fueran la mejor idea, el mejor proyecto, la mejor materialización. Eso creó competencia, y de ahí surgieron el capitalismo, el sistema y el programa actual en el que nos movemos los humanos, donde la producción se volvió, por sobre todas las cosas, el valor más elevado: la producción, la hiperproducción, la hipersaturación, la densidad demográfica, la aglutinación de edificios en un mismo sitio. Construimos hacia arriba, hacia el cielo, y no hacia los lados en consciencia, para permitir que la naturaleza continúe su ciclo. El utilitarismo hacia la Madre Tierra ha movido y sigue moviendo las decisiones expansivas, se crean necesidades falsas para la supervivencia basada en la comodidad. Se justifica arrasar con todo en nombre de la civilización. Nos separamos de la naturaleza, de su ciclo perfecto, y pretendiendo crear un nuevo ciclo automatizado, es que hoy llegamos a la época de la inteligencia artificial. La descubrimos, porque siempre estuvo ahí: todo lo que es, es; siempre ha sido, siempre será y siempre es. Hoy la inteligencia artificial se devela ante nuestros ojos como parte del trayecto de descubrimiento de la humanidad. Seguramente nos acompañará en una etapa polarizada, en la que algunos elegiremos volver a los orígenes, a la naturaleza y al campo, atreviéndonos incluso a experimentar la desconexión digital, mientras otros se encaminarán a la vorágine digital y tecnológica. Esta dualidad se ha observado a lo largo de la historia de la humanidad: el yin y el yang eterno, el sol y la luna, lo masculino y lo femenino.
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Para mí, entrar en este camino significa reconectar con mi feminidad, volver a lo que rechacé durante muchos años por entrar en esa visión de las ideas: una visión masculina, hiperproductiva, del estatus, de lo que tiene que ser, de lo que manda por sobre lo demás. Ya no me conecto con eso. Me estoy reconectando con mi propia feminidad, con mi vacuidad, con mi receptividad, con mis limitaciones, con mi pequeñez, con mi fragilidad, con mi sensibilidad; con todo aquello que me hace creativa, que me permite dar vida, sentir la vida de forma distinta y única. Con mis dones: la creación de música, de textos, de letras y, sí, también de ideas, pero no para materializarlas con fines de acumulación o hiperproducción, sino para crear un entorno que se convierta en un santuario donde continuar este camino de entendimiento y de búsqueda desde el espíritu.
Encuentro muy abrazadora toda la filosofía lakota. He estado escuchando los libros de Alce Negro (Black Elk), como La pipa sagrada, y hoy tengo ya en mis manos un pedazo de esa filosofía: una chanupa bendecida en tierras sagradas, iniciada por el fuego sagrado de Wirikuta, traído desde aquellas tierras, desde el corazón del Anáhuac. Hoy mi chanupa tiene fuego sagrado y está bendecida por el abuelo fuego de Wirikuta.
Hoy, en mi pequeñez, soy un animalito más de esa manada, de esa parvada del gran espíritu. Y rendirse ante él es un descanso indescriptible: dejar de querer controlar lo que pasa en mi vida y abrirme desde el corazón a mis deseos más genuinos, como el de ser madre. Siempre, siempre he tenido ese deseo, y lo había pospuesto una y otra vez, o había construido relaciones con hombres que en ese momento no querían lo mismo que yo. Había un miedo a mi feminidad.
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Con las 32 mujeres que danzaron conmigo durante estos cuatro días de ayuno, de danza y de temazcales —con la temperatura más alta que jamás había sentido en un temazcal—, cantamos al ritmo de los tambores, de los huehuetl sagrados. Danzamos en círculo durante horas y horas por la noche, fumando la pipa, la chanupa sagrada, mirando a la luna, sintiendo el efecto del tabaco en mi cuerpo y en mi mente. Llegaron las visiones, y con ellas la capacidad de mirar hacia adentro y ver esa pared que tenía enfrente y que me impedía seguir caminando hacia lo que realmente soy. Pude mirar en estas mujeres espejo esa fuerza, esa belleza, esa semilla preciosa de vida. Eran todas como flores, como estrellas, como pájaros frente a mis ojos, danzando agotadas después de seis o siete horas de danza durante toda la noche, sin comer alimento sólido.
A momentos creí no poder encontrar la fortaleza, pero el gran espíritu te toma. Es increíble cómo te integras a algo más grande que tú: aunque ya no puedas más del dolor de piernas y de espalda, algo inmenso al rayo de la luna, te hace seguir moviendo los pies, avanzando en círculos y tu espíritu quiere seguir danzando. Cuando de nuevo crees que no puedes más, el tambor te hace seguir, los cantos te hacen cantar, y sigues danzando, y sigues danzando, y sigues danzando, así hasta el amanecer, durmiendo un promedio de cinco a seis horas.
Confieso que hice un poco de trampa: en cuatro días comí dos plátanos y media barra de granola. Antes de la danza tomaba medio gel isotónico de maratón, y en esos cuatro días tomé un par de electrolitos y agua, además de un litro de agua con sal.
Fueron ocho temazcales en total, dos por día durante cuatro días, con las 52 abuelas —las de las cuatro puertas usuales- en una sola puerta de poco más de media hora. Una temperatura intensísima, con la que uno siente que la piel va a hervir y a despegarse del cuerpo. Tenía que cubrirme la cara y los hombros con una tela, porque literalmente sentía lo mismo que en la playa bajo el sol, cuando uno se achicharra. Pero igual, cuando crees que ya no puedes más, el calor del abuelo fuego y las abuelitas piedras, más el olor de la salvia y del romero, con el aroma del copal, -la medicina-, te empiezan a mostrar la verdad y van develando tu propio espíritu como capas de cebolla. Brota el llanto, y la humildad te permite soltar y entregar todo aquello que tu mente quería arreglar sólo pensando, dándole vueltas, rumiando posibles soluciones y visualizando escenarios catastróficos y sus prevenciones como si realmente fueran la solución. Y al dar vueltas en esa danza, das vueltas a tus ideas. En algunos momentos hay náusea, ganas de vomitar, eructos, sensaciones en el estómago; hay mucha incomodidad. Pero en esa incomodidad vas encontrando la fortaleza que te muestra cómo avanzar.
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Nunca en la vida algo me había resonado tanto como sentirme conectada con ese gran espíritu, con la madre tierra. Los pueblos nativos de Norteamérica, los sioux, la lucha que libraron para defender sus tierras. La bondad de la visión de Alce Negro, hombre medicina que compartió su medicina con Occidente. Divino. Incluso estuvo en México; charló con gente durante los sesenta. Y se encaminó a ser catequista católico, entendiendo que el gran espíritu no tiene una filosofía limitante. El gran espíritu está en toda la naturaleza, es Dios, está en el abuelo fuego, el abuelo viento, la abuela agua y son los abuelos que lo representan aquí en la Tierra, en nuestra tridimensión, en esta experiencia de tiempo, espacio y materia. No está en el aglutinamiento de edificios en las ciudades, no está en el cemento, no está en este Leviatán, en este egrégor de hiperproducción y competitividad donde los humanos nos movemos en un loop —regalando nuestras mañanas, nuestras tardes y dejando tan solo las noches para descanso-, todo para servirle a alguien más, para que acumule riqueza y siga expandiendo la llamada civilización y destruyendo a la naturaleza por dinero. No queremos más centros de datos para IA, no queremos más tecnología, no queremos coches voladores, no queremos ir a Marte. Queremos que prevalezca la Tierra. Los que se quieran ir a Marte, que se vayan rapidísimo: córranle, váyanse. Déjennos aquí a quienes sí somos habitantes de este hermoso planeta, de esta hermosa Tierra, del gran espíritu.
Tlazohcamati.